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Historia

Censura a medios mexicanos en el 68

Censura a medios mexicanos en el 68

Cuatro días después de la matanza de Tlatelolco, el 6 de octubre, cuatro estudiantes ofrecieron una rueda de prensa en la que prometieron, según reporta la agencia AP, que no habrían más protestas contra el Gobierno, mientras se desarrollen los Juegos Olímpicos.

Una foto de esos estudiantes, publicada aquí en Bolivia al día siguiente por Presencia, retrata al entonces estudiante César Tirado, dirigente del CNH. Junto a él se encuentran Marcelino Perelló, quien habla al micrófono [el pie de foto dice "César"]; Roberto Escudero, con gafas y José Nassar, al extremo derecho de la foto.

“Yo aparezco ahí, pensando, muy reflexivo, porque se le ocurre a Marcelino Perelló, que no era miembro del Consejo, decir que en Tlatelolco el ejército había disparado balas de salva. Cuando yo refuto lo que dijo Perelló ante la prensa, mis declaraciones no salieron jamás”.

Había una censura por parte del Gobierno en los medios de aquel tiempo. Y ese juicio lo corrobora el investigador mexicano Sergio Aguayo, en su libro 1968: Los archivos de la violencia: “(…) el gobierno controlaba los flujos de información, espiaba a los opositores y los zarandeaba con campañas de desprestigio”, dice el texto.

En aquel tiempo, recuerda Félix Hernández Gamundi, “en México vivíamos una situación en la cual los únicos contingentes que tenían derecho para manifestarse pública y políticamente eran las organizaciones que pertenecían al Gobierno, controladas por el PRI. Después de 1968 esa situación ha cambiado. El Movimiento estudiantil ganó los espacios públicos para toda la población, pero fundamentalmente para los movimientos disidentes”.

César Tirado no opina lo mismo: “Yo no comparto la idea de que gracias a eso (al Movimiento del ’68) hay democracia. No es cierto, este país sigue convulsionado y dividido en clases sociales muy confrontadas, aún cuando la lucha esté ahora apagada, oculta tras de un andamiaje democrático que no lo es tal”.

Los ex dirigentes del CNH: Raúl Álvarez Garín, Félix Hernández Gamundi, César Tirado y Roberto Escudero crearon hace poco más de diez años el Comité del 68; una institución que busca justicia sobre esta matanza y otra que ocurrió en junio de 1971, conocida como la de Corpus Cristi así como persecución política, entre 1970 y 1976 (llamada Guerra Sucia) en contra de los simpatizantes de izquierda y de los opositores al régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

La demanda por genocidio cursa en contra, entre otros, de Gustavo Díaz Ordaz, presidente de la República; y de Luis Echeverría Álvarez, Secretario de Gobernación; en aquel entonces.

De todos ellos, sólo vive Luis Echeverría, presidente de México entre 1970 y 1976. Él cumple ahora un arresto domiciliario por orden del Segundo Tribunal Unitario de Primer Circuito de Procesos Penales Federales.

Foto publicada el 7 de octubre de 1968 en el periódico católico Prensencia, de La Paz, Bolivia.

México recuerda a los caídos en la matanza de Tlatelolco

México recuerda a los caídos en la matanza de Tlatelolco

A 40 años de la matanza de estudiantes, los sobrevivientes reclaman justicia

México recordó este, 2 de octubre, el 40 aniversario de la matanza de estudiantes ocurrida en la plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, en el Distrito Federal, cuyo resultado dejó más de 400 personas muertas.
Aquel día, miembros del Ejército mexicano abrieron fuego en contra de varios estudiantes que se habían reunido en esa plaza con el objetivo de organizar nuevas medidas de protesta contra el Gobierno del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz.
Los estudiantes exigían al Gobierno diálogo abierto en presencia de los medios de comunicación. Demandaban la libertad de los presos políticos que habían sido arrestados desde el mes de julio de ese año.

Reclamaban la derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal Federal, que eran utilizados por el Gobierno para encarcelar a dirigentes opositores.
Además, pedían la desaparición del cuerpo policial de Granaderos, cuya violencia aplicada contra los estudiantes indignó a toda la comunidad estudiantil. Por ello, solicitaban la destitución de los jefes policiales por considerarlos autores intelectuales de la violencia.
Otra demanda era la indemnización a los familiares de todos los muertos y heridos desde el inicio del conflicto y el procesamiento de sus responsables.
El detonante que originó la matanza de Tlatelolco fue una riña deportiva ocurrida en julio del 68, entre dos equipos de fútbol americano: uno, de la Universidad Autónoma y el otro del Instituto Politécnico Nacional.
Esa eterna rivalidad deportiva fue disuelta a golpes por parte del cuerpo de policías Granaderos de la ciudad. A esta represión siguieron otras que dejaron ese mes de julio 48 muertos. La indignación estudiantil había nacido. Comenzaron las marchas de protesta exigiendo a Díaz Ordaz que detenga la violencia.
El Gobierno acusó al Partido Comunista Mexicano y a los extranjeros de izquierda de financiar estas protestas. Pero a la vez convocó al diálogo con los estudiantes, quienes exigieron a los medios como testigos. Luego de 73 días de huelga, el Gobierno decidió disolver las marchas y aquel 2 de octubre de 1968 abrió fuego en contra de los estudiantes.
Esta masacre es aún una herida abierta en el país, y a juicio de Raúl Álvarez Garín, ex dirigente estudiantil y ahora miembro del Comité del 68, institución que busca justicia sobre ésta y otras matanzas posteriores, “México corre riesgo de vivir una nueva masacre de Tlatelolco”.
El temor de Álvarez Garín se funda en que la justicia de su país es “unilateral” y persiste una impunidad, lo que impide su esclarecimiento. Además, dice, la sociedad mexicana se acostumbró a pensar que ese carácter violento y represivo del orden ya forma parte de su cotidianidad. Félix Hernández Gamundi, otro miembro del Comité, coincide con él.
Presiones externas
La embajadora de México en Bolivia, Roberta Lajous Vargas, refuta estas versiones. “No veo factible el hecho de que se repita lo del 68. México vive ahora una lucha abierta contra el narcotráfico y contra el crimen organizado. No advierto malestar alguno por parte de los estudiantes en mi país”, asegura.
La diplomática mexicana, en diálogo con La Prensa, considera que hay que comprender muy bien el contexto internacional que rodeó a la matanza de estudiantes en Tlatelolco.
El mundo vivía en la época de la Guerra Fría, y “había presión por parte de Estados Unidos sobre el Gobierno de México de ese entonces”.
Hernández Gamundi dijo que el Comité del ‘68 volverá a exigir que la Secretaría de Defensa Nacional entregue al Archivo Nacional todos los documentos de ése y posteriores años que aún los tiene.
“Hay pruebas que esclarecerán responsabilidades penales de esta matanza, de otra similar ocurrida en 1971 y la posterior Guerra Sucia, aplicada entre 1970 y 1976 en contra de los izquierdistas y de los opositores a los gobiernos del PRI".
Durante los años 70 se reportaron más de 500 personas desaparecidas. La indignación estudiantil encendió la mayor movilización de 1968 en contra del Gobierno. En agosto y septiembre, estudiantes contra policías y miembros del Ejército provocaron un clima inestable en Ciudad de México hasta que terminó el 2 de octubre en la plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco.
Una década de cambios
Años antes a 1968, México vivía una etapa de luchas estudiantiles por la democratización académica y su compromiso con causas sociales y populares.
Las insatisfacciones sociales habían comenzado en 1956. Los gobiernos de turno, todos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), respondieron con la represión, o, en el peor de los casos, matando a los dirigentes si es que no podía sobornarlos, tal como dice el escritor mexicano Sergio Aguayo en su libro 1968: Los archivos de la violencia.
El politólogo Carlos Cordero explica que en la década del 60 el mundo aún asimilaba las consecuencias dolorosas de la Segunda Guerra Mundial. Era una época en la que el socialismo había triunfado con paso de parada en Cuba. Una época en que las ambiciones políticas entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) hacían temer una tercera guerra mundial.
América Latina no fue ajena a ello. En Argentina, Colombia, Uruguay, Panamá, Ecuador, Brasil y Chile estallaron también otras manifestaciones estudiantiles y laborales con el reclamo de que se cumplan sus respectivas demandas.
Estas expresiones culturales formaron parte de las protestas enérgicas contra el autoritarismo de los gobiernos de aquel tiempo en la región, explica la periodista y columnista de La Prensa.
La matanza de tlatelolco
  • El presidente mexicano, Gustavo Díaz Ordaz, asumió la responsabilidad por este hecho.
  • La masacre estuvo precedida por meses de intranquilidad política en México.
  • El Gobierno mexicano culpó a los estudiantes de querer boicotear los Juegos Olímpicos.
  • Se supo, años después, que el Gobierno de Díaz Ordaz planeó la matanza.
  • La versión oficial del Gobierno habla de alrededor de 30 muertos en Tlatelolco.
  • Diez días después de la matanza de Tlatelolco  se inauguraron los Juegos Olímpicos.

Silencio

Silencio
¿Por qué, a veces, callamos un dolor?
· Por miedo.
· Porque no nos gusta construir la vida sobre el dolor y la muerte.
· Porque casi nunca sabemos a qué sabe la JUSTICIA.
· Porque el enorme peso autoritario del poder, vestido éste de corrupción y conciencias vendidas, nos hace agachar la cabeza...
· Por el temor de caer también muerto.
· Nace así, el silencio resignado frente a ese miedo.
· Un silencio bien guardado como para que nuestros hijos no lo vivan nunca. Error...
· Callar una injusticia no significa desaparecerla de nuestras vidas.
· Callar una injusticia es lo mismo que estar de acuerdo con ella.
· Pero, ¡cuidado!, que nos excluyan al derecho de la protesta no debe terminar en el otro extremo: pensar en la venganza; tomar las armas; creer que con ellas solucionaremos los problemas.
· Tampoco ésa es la solución.
· Hay que hablar del dolor, hay que hablar de cómo las injusticias podrían afectarnos a todos; hay que hacerlo, pero con el deseo feliz de que no nos vuelva a suceder.
· Así podremos también derrotar al Silencio...

Tras un mito llamado Che Guevara

Tras un mito llamado Che Guevara

Desde el pasado viernes 5 de octubre y por el lapso de los cinco siguientes días, los doce hoteles del pequeño municipio boliviano de Vallegrande quedaron repletos de turistas.

No era para poco. Varias personas de distintos lugares del planeta acudieron a Vallegrande con una puntualidad pocas veces antes vista. No querían perderse para nada el cuadragésimo aniversario del asesinato de Ernesto “Che” Guevara, el guerrillero argentino-cubano más recordado de todos los tiempos.Muchos de quienes llegaron a Vallegrande no sabían con exactitud por qué Che Guevara había muerto en Bolivia. Y las distintas respuestas que motivan esta pregunta han encendido, con el paso de los años, encontrados debates sobre su figura y sus objetivos.Vino a matar gente”, dicen sus detractores. “Quiso hacer de Bolivia otra Cuba, pero no se lo permitieron”, añaden.En cambio, aquellos que comulgan con sus ideales –con el mismo tono– dicen que “el Che quiso que en Bolivia comience la resistencia latinoamericana ante el imperialismo” de Estados Unidos de Norteamérica. 

Cara a cara con los ideales

El día en que el médico argentino Ernesto Guevara de la Serna se encontró de frente con los ideales comunistas que se habían germinado en su espíritu estalló en Guatemala un golpe de Estado. Era junio de 1954. Había llegado al país como parte de su aventura juvenil de recorrer América Latina “a dedo”. Y desde hace seis meses había estado buscando trabajo sin ningún éxito. Se inscribió entonces en las brigadas de sanidad y se había unido a los grupos juveniles comunistas que patrullaban la ciudad.En Guatemala conoció a un grupo de exiliados cubanos que habían participado, el 26 de julio de 1953, en la toma del Cuartel Moncada, bajo las instrucciones del joven Fidel Castro, en franca resistencia al régimen dictador de Fulgencio Batista, presidente de Cuba.Entre estos exiliados se encontraba Antonio “Ñico” López, quien tiempo después habría de bautizar y para siempre a Ernesto Guevara con el mote de Che; palabra que la utilizan los argentinos para convocar al interlocutor. 

Médico y comandante de la Revolución

La experiencia guatemalteca le había permitido comprender a Che Guevara “que era indispensable depurar del ejército de potenciales golpistas”. Éstos, en los momentos decisivos, eran capaces de desconocer a quien le deben obediencia y, por consiguiente, caían rendidos ante el poder.Luego se trasladó a México, donde un año más tarde conoció a Raúl Castro, actual presidente en funciones de Cuba en reemplazo de su hermano Fidel. Poco después, Che Guevara y Fidel Castro estrecharían sus manos en alianza: Guevara sería el médico del Movimiento guerrillero 26 de Julio cuyo fin no era otro que derrocar a Batista. Desde aquella vez se había convertido en otro cubano más.La participación de Che Guevara durante la revolución cubana lo convirtió en “jefe militar y político al grado de comandante guerrillero”: experto para sobrevivir bajo condiciones de alto riesgo; hábil para ocultar su asma; preparado para enfrentarse con la naturaleza; instruido para pensar que la lectura es casi como el pan; y disciplinado para infundir el buen ejemplo en los demás. Era un líder auténtico. Impartía órdenes sin ningún problema.Esa fuerza interior, que según él fluía por su sangre, le concedía la inequívoca ventaja de influirla en los demás. Para decirlo en una sola palabra: compromiso con el ideal hasta la muerte si es preciso. Derrotar al enemigo común que no deja que los pueblos caminen hacia delante; ese enemigo que impide reformas sociales que proponían los gobiernos de tendencia izquierdista, puesto que afectaría sus intereses.He ahí, para ellos, el argumento irrebatible de encender en toda América Latina una revolución con qué hacer frente a ese poder. 

A Bolivia

Con ese compromiso a cuestas, y con la venia de Fidel Castro, Che Guevara –que renunció a todos sus cargos públicos en Cuba– llegó a Bolivia el 3 de noviembre de 1966 como el economista uruguayo Adolfo Mena Gonzáles. La estrategia consistía en propagar focos guerrilleros en el corazón de Sudamérica. Después el efecto podría multiplicarse en Chile, Perú, Brasil, Argentina y Paraguay.Para que este objetivo se cumpla a cabalidad, Che Guevara se instaló en una región montañosa colindante con la selva, justo a orillas del río Ñancahuazú, al sudeste del país. Se habían preparado para esta contienda 53 personas, pero Che combatió sólo con 44 guerrilleros; entre ellos, Tania, una argentino-alemana, encargada de establecer contactos entre las ciudades, pero que terminaría muriendo en combate.El 7 de noviembre de ese mismo año comenzó a escribir su célebre diario en el que registra paso a paso todas las victorias y derrotas del Ejército de Liberación Nacional (ELN), nombre con que bautizaron a este foco guerrillero.La campaña guerrillera fracasó –entre otras cosas– porque no contó con el apoyo del Partido Comunista de Bolivia. Además, los diarios de Bolivia dicen estos días que tampoco hubo un análisis estratégico del lugar donde la guerrilla comenzó: sudeste del país, justo donde terminan las últimas montañas de la Cordillera de los Andes en la región del Gran Chaco, “en un área indígena correspondiente a la cultura guaraní”.Para desgracia del ELN, dos desertores cayeron detenidos el 11 de marzo de 1967 y pusieron en alerta al gobierno del entonces general René Barrientos Ortuño, presidente de Bolivia.Barrientos ordenó a las Fuerzas Armadas capturar a Che Guevara. Doce días más tarde, el Ejército boliviano tuvo su primer enfrentamiento con el ELN. Había comenzado del fin de la guerrilla.

No disparen, soy el Che

Durante los siguientes once meses, los enfrentamientos se dieron en la región sudeste del país, ubicada en el departamento boliviano de Santa Cruz, hasta que el 8 de octubre de 1967, Che Guevara cayó herido de una pierna en un lugar del monte llamado “La Quebrada del Churo”.¡No disparen! Soy el Che Guevara —les dijo a los soldados del ejército que lo habían acorralado.Con las manos atadas, lo llevaron en calidad de detenido a la única escuelita de La Higuera, un pueblo cercano, de casas de barro, donde todavía no hay luz eléctrica.Al mediodía del 9 de octubre, el suboficial Mario Terán, bajo órdenes superiores, entró a la escuelita. Encontró al guerrillero sentado en el suelo de tierra y apoyado sobre una de las paredes de barro.Terán invadido por la incertidumbre, dudó en disparar.¡Póngase sereno, soldado! —le gritó Che a Terán—. Y apunte bien. ¡Va a matar a un hombre!El suboficial se encontró de frente con el guerrillero. Lo vio “grande, muy grande”, según recordaría años después. Contó que los ojos de Ernesto Guevara “brillaban intensamente”. Sintió un mareo y, entonces retrocedió un paso hasta el umbral de la puerta de la escuelita. Cerró los ojos y disparó la primera ráfaga.El guerrillero cayó al suelo. Las balas impactaron sus piernas. Empezó a perder sangre, mientras se contorsionaba de dolor. Terán recobró el ánimo y disparó la segunda ráfaga “que lo alcanzó en un brazo, en el hombro y en el corazón”. Tenía prohibido dispararle en el rostro. Había terminado así la vida del guerrillero. Tenía 39 años.Una vez muerto, el cuerpo de Che Guevara fue puesto en una camilla, atado a la patilla de un helicóptero militar y trasladado hasta la lavandería del hospital Señor de Malta, de Vallegrande, un municipio pintoresco y caluroso, situado a 62 kilómetros de La Higuera.Mientras los periodistas tomaban fotos al cadáver del guerrillero en el hospital de Vallegrande, los militares dijeron que Che Guevara había muerto en combate. Pero veinte años más tarde, y luego de varias contradicciones militares, el general Arnaldo Saucedo Parada en su libro “No disparen soy el Che”, demostró que el guerrillero fue capturado y asesinado después a sangre fría. Saucedo publicó fotos de Ernesto Guevara preso, vivo y cuyo aspecto, según contó el general Gary Prado (ex embajador de México), inspiran lástima, pena.Prado, con el grado de capitán, comandó en 1967 el batallón Ranger que capturó a Che Guevara en la quebrada del Churo.

Homenajes

Desde aquel 9 de octubre de 1967, la prensa internacional –colaborada por las Fuerzas Armadas de Bolivia– convirtió a la figura legendaria del guerrillero en el mito que es ahora. Un mito que ha sembrado (a lo largo de 40 años) pasiones, rencores y encendidos debates en torno a él y a su ideología.Así, tras las huellas de ese mito, muchas personas se congregaron en Vallegrande desde este 5 de octubre para recordar el asesinato de Ernesto “Che” Guevara con música, teatro, mesas de reflexión, ferias artesanales, muestras fotográficas, presentaciones de libros, campeonatos de fútbol y homenajes religiosos.Muchos turistas lograron conocer la Ruta del Che, un proyecto boliviano a punto de convertirse en un atractivo turístico para quienes se interesen no sólo por el hombre y su pensamiento, sino también aquellos lugares donde alguna vez Che Guevara caminó en pos de un objetivo que, como se dijo antes, motiva encendidos debates.En la plaza de armas de Vallegrande, llamada “26 de Enero”, se encuentra el Museo Municipal Ruta del Che Guevara, donde se puede contemplar “de cerca” pedazos de la historia de este foco guerrillero. También se puede visitar dos fosas comunes donde los militares habían enterrado a 20 guerrilleros que se enfrentaron con el ejército boliviano en 1967, incluido Che Guevara.Ambas fosas se encuentran a diez calles de distancia de la plaza de Armas de Vallegrande. En la primera, cerca del Rotary Club, se pueden observar la lápida de Haydeé Tamara Bunke, la guerrillera conocida como “Tania” y las de doce guerrilleros. En la otra fosa, que se encuentra entre el cementerio y el aeropuerto, se encuentra un mausoleo donde yace la memoria de siete combatientes; entre ellos, Che Guevara.

Un artículo de venta

Atrás parecen haber quedado las ideas rojas que forjaron al guerrillero argentino-cubano cuando, junto a su amigo Alberto Granado, había concebido en el alma la peregrina idea de viajar en motocicleta desde Argentina hasta Venezuela.Dos años más tarde, en 1952, y bajo las mismas condiciones, el joven Ernesto Guevara de la Serna, a punto de cumplir 24 años, emprendió un segundo viaje por América Latina.Esta experiencia le permitió comprender para siempre “que la división de América en nacionalidades inciertas e ilusorias es completamente ficticia. Constituimos una sola raza mestiza, que desde México hasta el estrecho de Magallanes presenta notables similitudes etnográficas”.Hoy, con excepción de Cuba, todo parece indicar que la imagen de Che Guevara es más asociada con artículos de venta que con ideas revolucionarias. Más es presa inevitable del comercio que convirtió su rostro en un artículo de venta.